Fairy Oak

Fairy Oak

martes, 31 de diciembre de 2013

Escribir en las nubes

Me levanté de súbito

No, de súbito no. ¿Súbitamente?

Escalé unas escaleras

que no estaban ahí

porque me las había inventado.

Llegué al gran azul.

Sí, hablo del cielo.

Las ranas voladoras no me vieron

pero un pelícano me gritó:

-¡Eh, oye!-

y nada más.

Pronto me encontré

en medio de un bosque de nubes.

En mi mapa no aparecía

pero lo estaba buscando.

Me enfadé.

Quiero decir, que me alegré.

Saqué mi estuche de acuarelas

cogí prestadas unas gotas de lluvia

cogí mi mejor mechón de pelo

y lo usé de pincel.

Primero el azul, luego el violeta.

Como no sabía qué dibujar,

lo dibujé todo, 

empezando por un cementerio de rosas

y terminando con un planeta perdido.

Al final busqué el color negro

y escribí.

Escribí un largo poema

sobre una nube blanca y blanda.

Anoté los versos

que mi cabello me dictaba

o tal vez eran mis pulmones

llenos de aire salado.

Cuando sentí que había acabado,

la nube se acercó a mí

flotando 

y me susurró una despedida.

Después se alejó volando, 

volando, volando, volando...

Tal vez la nostalgia que me invade

a ella también la entristezca

y lluevan, en forma de lágrimas, 

las palabras de este poema.


Gracias a M.A. por darme su idea sin saberlo

Dentro de un poema de negro humo.

Me he ido fundiendo en un sueño del que no sé si podré salir.

La Realidad y la Ficción se han acercado hasta tal punto que ya no puedo diferenciarlas.

Sus voces ahora son una para mí y no sé si debo escucharlas.

Tengo miedo. Tengo frío. Quiero irme de aquí.

Ya no reconozco a quienes me rodean.

Incluso mi propia sombra es una extraña.

Mi pasado me atormenta. Mi futuro me amenaza. Mi presente se ahoga.

En este mundo de tinieblas en que yo misma me he encerrado

ya no sé quién soy, ya no tengo esperanzas.

En este mundo de tinieblas...

donde solo la Soledad me acompaña.

jueves, 26 de diciembre de 2013

LA INSPIRACIÓN (relato) Cap. I


 Capítulo I: La Biblioteca

Era la noche de un martes cualquiera. No es que los martes sean un día especial para nadie pero para mí, que llevaba ya tres meses en paro, todos los días resultaban iguales. 

Esa noche en concreto estaba en el bar Acrópolis, sí, así se llamaba. No era mi local favorito, ni mucho menos. No estaba mal, tenía grandes fotografías en blanco y negro de numerosos monumentos de la Antigua Grecia (o bueno, monumentos antiguos de la actual Grecia). Contemplarlos fue lo más cerca que estuve nunca de viajar a la cuna de la Odisea y la Ilíada.


La noche del lunes también había estado en la Acrópolis, y también todas las noches de la semana anterior. Ya era, prácticamente, como mi segunda casa. Iba allí porque no quería pasar mis horas de tedio en mi bar favorito, La Biblioteca, se llamaba, probablemente por la cantidad de célebres autores que allí habían escrito sus obras. El lugar en sí poco tenía que ver con los edificios que le daban nombre: La Biblioteca era un local diminuto pero tenía tres pisos conectados por una carcomida escalera de caracol. La Acrópolis era una única sala enorme. La primera no tenía fotografías  ni ningún otro adorno en las paredes pero sí un montón de esculturas de cristal de colores hechas por el propio dueño, que decoraban la estancia. En la Acrópolis había muchas camareras de muy buen ver y los clientes solían hablar a gritos. En La Biblioteca, haciendo honor al nombre, se susurraba. 

No quería trasladar mi aburrimiento a mi bar favorito, ni convertirlo en un lugar aborrecible; por eso iba a la Acrópolis. Pues bien, allí me encontraba, un martes cualquiera, consumiendo mi tercera copa y eso que no era ni medianoche. No bebía alcohol en La Biblioteca, aquel recinto sagrado. Pero sí en la Acrópolis, y en grandes cantidades, aunque tampoco me hacía apenas efecto. No en vano soy poeta, me decía a mí mismo.

Total, que estaba ya apurando mi vaso de whiskey, si es que se podía llamar así a ese mejunje asqueroso, cuando noté unos golpecitos en mi hombro derecho. Me giré y me encontré con un hombrecito que llevaba sombrero negro.

-¡Javier!-Me gritó, y solo entonces, al escuchar su leve acento francés, le reconocí.

-¡Miguel!- Respondí con voz algo ronca. Me abrazó y me estrechó la mano de forma familiar como era su costumbre.

-Caramba, amigo, no esperaba encontrarte en ningún bar que no fuera el antro de La Biblioteca.

-Vengo aquí cuando no consigo escribir y La Biblioteca no es ningún antro, es un verdadero templo.

-Claro, claro, un templo como ese de ahí- Dijo riendo mientras señalaba la fotografía del Partenón- Así que no escribes ¿eh? Pour quoi? ¿Problemas para inspirarte?- Negué con la cabeza y luego asentí, a regañadientes. Miguel era escritor también, con la diferencia de que él era realmente bueno, había publicado tres novelas en dos años, todas ellas increíbles. Yo no había escrito nada de calidad probablemente desde la universidad. Gracias a Dios, tampoco lo necesitabas para que te publicaran pero, últimamente, ni siquiera conseguía eso.

-Bueno, hombre, no pasa nada- me dijo- ya verás que al final se te ocurre algo bueno, tarde o temprano siempre llega la inspiración; créeme.

No sé si fue que vió la negatividad de mis ojos o que olió los litros de alcohol malo en mi aliento. El caso es que se me acercó un poco y bajó la voz para hablarme en tono de confidencia.

-Escucha, conozco a alguien que puede ayudarte y no me importa presentártela, hace verdaderas maravillas- ¿presentármela?- Es una amiga mía... bueno, no sé si decir tanto pero nos llevamos muy bien y a mí me ha sido de mucha utilidad en esto de escribir- ¿De verdad me veía tan desesperado como para presentarme a una amante?

-Gracias, Miguel, pero no necesito...

-¡No te preocupes, hombre! No es ningún problema. Es una chica encantadora, no trabaja para cualquiera pero tú no eres cualquiera, le he hablado muy bien de ti y te ayudará si se lo pido, sin cobrarte ni nada por el estilo, por supuesto- ¿Hablaba de una puta?

-¡No necesito una mujer, necesito...- No me estaba escuchando, estaba escribiendo algo en un trozo de papel.


-Solo se la puede contratar si es el propio cliente quien la llama, así que aquí te dejo su número de teléfono... Seguro que os entendéis de maravilla, ya me contarás el resultado, no me des las gracias- Me guiñó un ojo- Y ahora si me disculpas, chaval, tengo importantes asuntos que resolver por aquí- por su mirada adiviné que acababa de descubrir a la camarera pelirroja de los martes- Mucha suerte con ello, Au revoir, mon amie!

-Sí, claro, agur- Respondí de mal humor, aunque él ya no me prestaba atención.




lunes, 23 de diciembre de 2013

Paisaje de invierno.

Era de madrugada. De otra forma no podrías haberla visto. Aunque ni siquiera a estas horas ella se mostraba por completo. Simplemente, era menos arisca en ese momento del día, justo después del amanecer su frialdad se desvanecía casi del todo.

Junto al río prácticamente helado, el azul y el blanco dominan el paisaje. Los árboles que conservan sus hojas en esta estación han quedado cubiertos por un manto de escarcha, convertidos en gigantescas esculturas de hielo. El cielo está escondido tras la niebla, cuando se vaya se verán a lo lejos unas montañas nevadas.


Se oye al viento soplar, el hielo resquebrajarse, las hojas hundirse bajo el peso de la nieve, las suaves pisadas de un zorro blanco que madruga demasiado. Casi se puede oír la calmada respiración de la primavera, durmiendo bajo la tierra, esperando paciente su turno para regresar a los bosques.

Ella lo observa todo, en calma, desde la rama más alta de un abeto joven bajo el cual hay una madriguera de ardillas que aún no se han despertado. 

Contempla el invierno en toda su belleza y en todos sus matices, que solo ella sabe apreciarlos, solo ella puede entenderlos. Es el único momento de verdadera paz, solo ella y la Naturaleza. A su alrededor el frío se nota mucho más agudo y los copos de nieve se quedan congelados en el aire. Ella los recoge con cuidado y los usa para adornar su larga trenza.

Ella se funde con el paisaje, pues se diría que ambos son la misma cosa. Su cabello es largo, fino y muy quebradizo, frágil, blanco y suave, como algodón, pero también enmarañado como una tormenta de nieve. Su pálida piel brilla débilmente con luz propia; en su rostro destacan unos azules y eléctricos ojos cuya intensidad varía dependiendo de su estado de ánimo y del momento del día. Ahora, dirías que son un espejo que refleja el color de las aguas del río helado, mañana tal vez sean flores de nomeolvides, de un tono violeta.

Entonces llegas tú y su buen humor se rompe como cristal, en mil pedazos. A ella le gusta la soledad, el silencio, lo natural; desprecia a los seres humanos que son lo contrario, que son ruidosos representan el caos y desprenden calor, y hacen cosas crueles e incomprensibles.

Llegas tú, diciendo que te gusta el frío pero pretendiendo deshacer el hielo que te estorba para tu vida cotidiana, destruyendo delicados e irrepetibles dibujos que se han tejido durante la noche en la escarcha; pues la belleza que un alma insensible como la tuya es incapaz de ver. 

Dices que el invierno es tu estación favorita pero después con tus pasos y también los neumáticos de ese horrible artefacto, echas a perder su paz, su nieve, su paisaje, su madrugada, su único momento del día.

Y sus ojos se oscurecen y se apagan, su buen humor desaparece. Y ella desearía castigarte por eso, desearía que tu hielo no se derritiese nunca, que tus pies resbalasen, que tu coche rodase cuesta abajo hasta el agua. Ella desearía soplar en tu corazón hasta congelarlo por completo y hacerlo estallar sin compasión.

Pero no, no va a hacerlo. Así que simplemente cierra los ojos y su cuerpo comienza a desmoronarse, convirtiéndose en una ráfaga de pequeños copos de nieve; y se deja arrastrar por el viento, lejos de allí, a otro lugar. A otro solitario invierno. 

Y tú sigues a lo tuyo porque aunque era de madrugada y podrías haberla visto, no te has fijado. Porque quién tiene tiempo para preocuparse por la insignificante hada de invierno.




martes, 10 de diciembre de 2013

Canción de Navidad

Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis menos veinte de la tarde y el cielo ya está oscureciéndose. Las luces navideñas se encienden, como si quisieran recordarme mi propósito. Han puesto unos altavoces por los que suenan unos villancicos muy estridentes. El centro comercial está prácticamente al final de la calle  así que aún me queda un buen trecho por recorrer. Acelero el ritmo de mis pasos y el resto hacen lo propio, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.

Voy tan deprisa que no veo la figura que está arrodillada en el suelo y por un milímetro no tropiezo con ella. Tengo que frenar en seco para no caerme. Miro el bulto que está en mi camino. Es una mujer que viste de forma andrajosa y cubre su cabello con un pañuelo rosa; una mendiga pidiendo que en cuanto ve que me he parado aprovecha para acercarse a mí, sin llegar a despegar sus rodillas del pavimento y tiende sus manos en mi dirección.


-Por favor, señora- me dice, en tono de súplica. Su acento es extranjero. Me aparto un poco pero aunque intento dejar de mirarla y seguir mi camino no puedo evitar cierta curiosidad. Ella se da cuenta de que sigo ahí y esperanzada vuelve a intentarlo. Levanta la vista hacia mí. Sus ojos están llorosos y su rostro muy sucio.


-Señora, por favor, necesito un poco dinero... mis hijos... se los llevarán sino tengo dinero... - habla de forma mecánica, como si se hubiera aprendido de memoria las palabras pero sus lágrimas parecen sinceras. Aunque está prácticamente a mis pies ha dejado un gran espacio entre ambas, como si estuviera acostumbrada al rechazo de la gente, a que se aparten de ella.


Noto que en mi pecho late un punzada de compasión y al segundo después reacciono y salgo casi corriendo, como alma que lleva el diablo. A mis espaldas vuelvo oír a la mujer, que repite una y otra vez su cantinela a los transeúntes "por favor, señor... por favor, señora... " Me da lástima pero unas pocas de mis monedas no van a ayudarla, ¿verdad? además esta gente tiene donde refugiarse, supongo. No creo que lo de sus hijos fuera cierto, tampoco. Y aunque lo fuera, hay personas encargándose de esta gente. No necesitan mendigar. Ni tampoco logran nada con unos céntimos.


Pronto dejo de escuchar la voz de la mendiga que queda tapada bajo el ruido de la calle y los villancicos que suenan por los altavoces. Enseguida dejo de pensar en ella y vuelvo a centrarme en mis compras.


 Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis de la tarde y el cielo ya está oscuro. Las luces navideñas me recuerdan que tengo que llegar cuanto antes al centro comercial, o me quedaré sin los juguetes que mis hijos  han pedido este año. Acelero el paso y el resto hace lo mismo, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.




martes, 26 de noviembre de 2013

Se va.

El Tiempo avanza
 tan rápido y 
yo soy tan lenta...
Todo se aleja deprisa
y yo me voy
quedando atrás...

lunes, 18 de noviembre de 2013

La explosión del orgasmo de un ego.

Se apagan las luces. La oscuridad no es completa, pero se siente.

La música ha comenzado.  Es esa canción. Notas un calor que conoces bien, demasiado,  la fuerza y la energía de la adrenalina.

La sala está llena de gente pero no puede haber nadie más que tú. 
¿Lo notas? El deseo de que todos te miren, te admiren. Solamente a ti. Solo eres tú entre un montón de anónimos.

Te mueves a su ritmo, la música fluye por tus venas. La inactividad es insoportable. Te mueves, giras, bailas. Estás en el centro. Estás en todas partes. Ya no sabes dónde estás. Ya no sabes lo que haces.

Has cerrado los ojos. O tal vez no. Solo ves luces de colores y todo es demasiado rápido y borroso. Los demás te ven, no pueden evitarlo, eres un destello demasiado luminoso como para ignorarte. Un neón fuera de control. Una bola de fuego y a punto de estallar.

Ya no hay forma de parar.

Todos ellos. Te desean. Todo. Te necesitan. Tu cabello se desmelena contigo. Tu sombra baila a tu alrededor, intentando seguirte el ritmo, intentando hacerte sombra.


Estoy en el centro. Soy el centro. El Universo se mueve alrededor de mí. Sigo moviéndome. Sigo bailando. Respiro la música y soy incapaz de pararme.

 Todos me miran, tienen que mirarme. Mi pecho se hincha con aire caliente y energía. Soy un torbellino, soy pura ebullición. El calor aumenta, y aumenta y aumenta… Si me tocas te fundes al instante. Ardo como el propio fuego.

Miradme todos. Queredme. Admiradme. Alabadme. Deseadme.
Me necesitáis y yo a vosotros. El tiempo y el espacio ya no existen. La canción llega a sus últimas notas. 

Mi máxima expresión de todo antes de agonizar. Es la explosión del orgasmo de un ego y una nube de humo negro sale de mí, se expande por la sala y se aleja sin dejar rastro. Me he autoexorcizado. Y después, nada.


La música para y el sueño poco a poco se desvanece

De pronto eres consciente realmente de la gente que te rodea. Nadie te estaba mirando y si lo hacían no con especial atención. Nadie te desea. Nadie se ha fijado en ti. No bailas especialmente bien.
 La chispa de tus pupilas se va apagando a la vez que tu cuerpo se enfría.

Ahora buscas esconderte en la sombra, fundirte con la pared en la oscuridad. Que nadie te mire, que tu presencia pase desapercibida. Nadie te recordará, una noche menos, una noche más.


Pero al menos lo has hecho. Has sido. Has estado. Y los demás qué importan. Olvidemos una vez más esta noche. Olvidemos.

En el silencio

A las afueras del pueblo era más fácil darse cuenta de que la primavera había llegado. Las ruinas de la antigua muralla se habían cubierto de verdes enredaderas. En el cementerio, los pájaros revoloteaban por los pequeños árboles buscando algún lugar donde construir sus nuevos nidos. El sol pegaba muy fuerte por la tarde y los días se iban alargando perezosamente, como un oso que se estira después de haber dormido durante varios meses.

En el pueblo, sin embargo, aún era invierno. El frío se paseaba a sus anchas por las calles y te atacaba sin compasión si te encontraba, era un frío penetrante, de esos que te devoran la carne. Tal vez por eso la gente estaba tan desolada, y por eso sus lágrimas no acababan nunca de secarse; no encontraban calor, por ninguna parte.

Es el tiempo de la guerra, pensé, mientras avanzaba por un camino que pasaba entre el río y el parque, tan vacío de niños y de risas que noté una punzada de aflicción en el pecho, inundado por buenos y malos recuerdos. Pasarán años antes de que nadie vuelva a jugar por aquí, si es que este lugar sobrevive.


Mis pies caminaban sin yo saber muy bien a dónde, vagando arriba y abajo como llevaban haciendo las últimas dos semanas. Lo  hacía de forma calmada, sin prisas, pero con un pequeño deje de histeria controlada. En el fondo creo que quería huir, escapar muy lejos de allí para no volver nunca aunque al final siempre regresábamos a casa, a regañadientes. Una huida muy tranquila.

Bajé los ojos a la tierra, que parecía más seca y polvorienta que nunca. Me concentré en escuchar algo que no fuera el sonido de mis propias pisadas pero no había nada. El silencio lo había cubierto todo, como un pesado manto que hubiese caído sobre nosotros. Ni en el pueblo ni en las afueras se oía nada desde hacía mucho tiempo. Los pájaros no cantaban, los perros y gatos no se peleaban, el río bajaba callado (pues estaba casi seco). Incluso la gente lloraba en silencio.

Seguí andando erráticamente. Al cabo de un largo rato, levanté la vista para ver hacia dónde me dirigía. Descubrí a pocos metros de mí la cancela del cementerio que estaba entreabierta, como invitándome a pasar. Junto a ella un anciano caminaba aún más despacio que yo, alejándose muy lentamente del camposanto como si le costara abandonar el lugar, como a regañadientes. Su rostro quedaba cubierto por una visera un poco demasiado grande y vieja como él, la cual le protegía del sol y de las miradas compasivas de los vecinos. Tardé unos segundos en reconocerle. Era el padre de mi prometida.

Al fin, cuando solo medio metro nos separaba al uno del otro, nuestras miradas se cruzaron. Su expresión era incluso más inexpresiva de lo habitual pero me pareció notar un brillo de reconocimiento en sus ojos. Eso fue lo único. Yo incliné la cabeza en su dirección a modo de saludo pero no podría asegurar que él se hubiera dado cuenta del gesto. Cada día que pasaba, por lo que podía yo notar, se encerraba más y más en sí mismo.

Entré en el cementerio. Las mariposas bailaban sobre las lápidas, cubiertas de flores frescas que daban un toque de color sobre el gris plomizo y blanco de las tumbas. Los rayos del sol hacían relucir las letras de bronce que alguien había frotado hasta sacar brillo. El ambiente era algo distinto aquí. Tal vez fuera por las voces humanas que llegaban hasta mis oídos en forma de susurros. Paradójicamente, el hogar de los muertos era el lugar más vivo por aquellos tiempos.


Las familias ahora vivían alrededor de sus tumbas. No hablaban entre ellos pero sí con sus seres queridos, con aquellos que ya no podían escucharlos. Si pudieran, pensé con amargura, decididamente no descansarían en paz. Bienaventurados los que ahora están bajo tierra.

Al fin dejé de caminar, de dar vueltas por el pacífico laberinto. De pronto estaba agotado, cansado como nunca antes lo había estado. Me sentía como si hubiera envejecido veinte o treinta años de golpe. Tal vez era así, de alguna manera. Me senté sobre un trozo de lápida rota y mis rodillas lo agradecieron. Levanté la vista, el sitio me resultaba familiar. Miré la tumba que había enfrente de mí y la reconocí sin necesidad de leer el nombre sobre la piedra blanca: era la de mi hermano.

Los murmullos se habían apagado. Las mariposas no revoloteaban. La lápida de mi hermano era de las pocas que no tenía flores. Pensé en robar alguna para tapar su fría desnudez pero no lo hice. Pasó un buen rato en el que permanecí en silencio. Sin embargo, mi mente no lo lograba.

-Eres un cabrón con suerte- le dije, finalmente. Al fin y al cabo no me parecía justo. Los dos habíamos crecido juntos, compartido tantos juegos, risas y secretos. Los dos inseparables, los dos invencibles. Pero ahora él me había tomado la delantera. Él y mi futura esposa, como si quisieran burlarse se habían ido, abandonándome a mi suerte ante una vida que nunca sería tal. Refugiándose en el olvido.
 Ojalá pudiera haber tenido tu suerte. Ojalá fuese yo quien estuviese ahí debajo, ajeno a los susurros y al mundo. Ojalá…

Me cubrí el rostro con ambas manos y, en silencio, comencé a llorar.

domingo, 27 de octubre de 2013

Se fue con el viento


Solo queda en mí
de lo que yo era
un pálido reflejo,
un apagado eco.

A dónde voy
no lo recuerdo
espero reconocer el lugar
si algún día lo encuentro.

Lo que soy
y lo que quiero
lo fueron enterrando
las necesidades creadas.

Siento que me engaño,
siento que fui diferente.
Pero hace tanto tiempo
que ya no me acuerdo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

miércoles, 2 de octubre de 2013

define lo indefinible

¿Qué es poema?

Es muy sencillo.

¿Qué es poema?

Es complicado.

Poema es

acaso un pensamiento.

Tal vez un sentimiento.

O los dos a la vez.

Qué es poema.

La sangre

de la sangre

de un escritor.

La esencia

de la esencia

de una canción.

El sueño

de una musa.

Poema es

una idea

fugaz como una estrella.

La simple belleza

de un café por la mañana

o el vuelo de un ave

convertido en palabras.

¿Qué es poema?

No lo sé.

Tal vez pueda ser


lo que tú quieras que sea.




martes, 1 de octubre de 2013

Tinta

Ella va

toda vestida de negro.

Un color fascinante, el negro.

Lo que me recuerda

una mancha de tinta.

Supongo que por eso me atrae.

La tinta es como un gato negro.

Mis escritos, del mismo color.

Olvida el azul.

-La estridencia del color es para los textos serios-

La verdadera literatura se viste de negro.

Apuñala el blanco papel,

manos manchadas de sangre negra.

Siempre es la noche contra el día,

la luz y la oscuridad;



como en los viejos tiempos.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Des templado


         -Claro. ¿Quieres un caaaafé?

-¿Un qué?

-Café. Café. Ya sabes, esa bebida de color más o menos marrón, amarga y que se sirve en taza con ...

-Ya sé lo que es un café pero ¿por qué haces eso si se puede saber?

-¿Eso?

-Ya sabes, alargar las vocales.

-¿Las vocales?

-Ya sabes, las letras que no son consonantes.

-¡Ya sé lo que son las vocales! Y no hago eso.

-Entonces, ¿me pides un caaaaafé?

-¿Un café?

-Por favor.

-¿Con leche?

-Claro. Y con muchas vocales, por favor.




miércoles, 25 de septiembre de 2013

El mal perder.


Acostumbrada a ganar en el juego de la vida,
no tuve más remedio que salir del tablero 
y, sentada en el banquillo de los perdedores,

observar como otros idiotas se llevaban mi premio.

martes, 10 de septiembre de 2013

color naranja.

El otoño.
El otoño es época de cambio.
En otoño se va el calor,
desaparece por un tiempo.
El otoño predice la llegada del invierno.
Y como no sabe si llorar por una partida
o alegrarse por una bienvenida,
el otoño tiene tiempo siempre cambiante.

El otoño.
El otoño es época de muerte.
En otoño los árboles se mudan de sus hojas,
como una serpiente lo haría con sus pieles.
El paisaje prende su alma verde
tiñendo todo del color del fuego.

El otoño.
El otoño es melancólico y hogareño.
El otoño huele a castañas, a uvas y a cenizas.
Y suena como suena el caer de la lluvia.
El otoño, la estación de los poetas.
La época de la niebla.
Del crepitar cuando pisas las hojas secas.

De la nostalgia y de los cementerios.


domingo, 1 de septiembre de 2013

Tan dulce como tú



Dicen que a un hombre
se le conquista por el estómago.
Por eso mismo
fui a buscarte,
te arranqué del pecho el corazón
y con él me hice
un delicioso batido.

Después de beberlo, pensé
"Es cierto; en cierta forma,
te siento más cerca de mí ahora".



P.D Bon appetit.

(la foto no es mía, sino de una tal Carolina)

domingo, 7 de julio de 2013

Cuaderno de bitácora. Primer episodio, "La playa".





Salgo del agua y me lanzo sobre la arena en plancha. ¡Plaf! Está suave y caliente; comienzo a rodar y me rebozo. Soy una albóndiga. Me quedo así mucho rato esperando a secarme para que la arena se despegue de mi cuerpo y caiga por sí sola. No lo hace. No me apetece mucho moverme.

Unos niños que juegan con la pelota me ven y me gritan ¡croqueta! Los pobres, no tienen ni idea. Sigo aquí tirada. Con la nariz cerca de la orilla, cuento las olas; una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… me aburro a la ciento cuarenta y tres y aún no se ha hecho de noche. ¿A qué hora se pone el sol? No parece que ninguna de esas gaviotas lleve reloj.

Me levanto y doy varios saltos. La arena se cae. Los niños de la pelota ya no están pero les hubiera encantado ver a la croqueta saltarina. Busco durante un buen rato mi ropa hasta que me acuerdo de que he bajado a la playa solo con bikini y sombrero. Busco el sombrero pero no aparece por ninguna parte. Ya he perdido tres en lo que va de verano. Bueno, aún me quedan otros cinco. Comienzo a andar de vuelta a casa.

 Antes de atravesar la línea de chiringuitos que separa la caliente arena del ardiente asfalto, dos tíos me salen de la nada y me cortan el paso en una especie de salto salvaje. Son dos guiris muy rubios y muy, muy quemados. Uno de ellos me pone un vaso enorme en la cara. Está lleno de un líquido no mucho más rubio que él mismo.

-¡Hola chica guapa! ¿Cerveza? ¿Vienes a fiesta? ¿Vives aquí?-me medio grita de forma muy entusiasta. Intento sonreír aún más que ellos al responder:

-Claro, claro, ¡Cerveza! Me encanta- Cojo el vaso que me tiende y guiño un ojo al otro chico- ¡Me gusta tu sombrero! ¿Puedo probármelo?- El guiri número dos se quita su sombrero de cowboy y me lo pone en la cabeza. Ambos se ríen bastante. Me repiten lo de chica guapa, un par de veces.

-Chicos, voy a por mi ropa y vuelvo, ¿vale?- Asienten con la cabeza aún riendo. Me encamino hacia la hilera de casetas donde los bañistas se cambian y, en cuanto pierdo de vista a los guiris, cruzo corriendo la carretera de la playa. Pienso que no ha sido tan buena idea cruzar por la única parte que tiene piedras, contando con que voy descalza; pero por mi sombrero nuevo merece la pena. Tampoco me gusta que me llamen chica guapa.

Bebiéndome la cerveza, que tampoco está tan buena, subo sin mucha gana la cuesta hacia mi piso. Abajo, a mis espaldas, está empezando a anochecer en la playa.
 
 

viernes, 5 de julio de 2013

Las sombras de tu sombra.

Siempre tuviste que ir al revés del resto del Mundo. Bien por rebeldía o por pesimismo, por una u otra cosa, acabas recorriendo el camino en la dirección contraria y para que me entiendas te pondré el ejemplo más claro.

Lo normal es que la gente se quede con lo bueno de las cosas y después su cuerpo elimine, en un rincón íntimo y personal, las mierdas que sobran. Es lo natural. Tú en cambio vas a tu rincón y, escondido, absorbes la mierda mientras que poco a poco, día tras día, expulsas todo lo bueno que hay en ti, lo alejas de tu vida.

El día en que te diste cuenta de que caminabas por un precipicio, ese día aún no era demasiado tarde para volver sobre tus pasos. Pero cuando te miraste a un espejo y no reconociste a tu propio reflejo, cuando te invadió el miedo y una mezcla de vergüenza y orgullo; preferiste olvidarte  e ignorar lo que sabías. Corriste a refugiarte de nuevo bajo las faldas de tu prostituta y dejaste de dormir para no tener sueños.

Pero un día te traicionó el corazón y entonces sí era demasiado tarde. Cuando volvieron a quemarte las emociones descubriste que ya no deseabas a esa puta pero que aún la necesitabas. ¿Podrás ser fiel a dos amantes? ¿Podrás encontrarte en los reflejos? Porque te temías y porque temías a la muerte, te perdiste en el delirio; porque temes a la soledad, porque temes al hielo y al insomnio, querrás buscar la luz y el calor de nuevo.

¿Podrá perdonarte la vida después de que tú la hayas rechazado?
¿Podrás acordarte de cómo eras antes de que olvidases incluso tu propio nombre?

No te preocupes, al menos yo permaneceré siempre a tu lado.

domingo, 30 de junio de 2013

Camino a la primavera



Amaneció una mañana de mayo,
Amanecí con ganas de cantar.

Recuerdo una vez que vi
una muchacha joven
bajando la carretera
que une la primavera
y el verano.
Recuerdo que llevaba el pelo largo
demasiado enredado para ser juzgado.
Recuerdo que tenía
labios de lagarto
piel de fresa
 nariz de piel de melocotón.
Recuerdo que sonreía.
Recuerdo,
no me hagáis mucho caso,
que iba descalza,
con los pies llenos de barro
y heridas.
Recuerdo que,
cuando soplaba el viento,
cerrando los ojos,
sonreía entre sus cabellos alborotados.
Recuerdo que cuando el sol
llegó a su punto más alto,
miró a su sombra y vio que era
más corta que nunca
y esto le hizo mucha gracia.
Que oyó el canto de los pájaros
sin saber de dónde procedía,
Que escuchó grillos
y también sus propias pisadas
Aunque no iba contando sus pasos.
Su piel en la espalda se tornaba roja
pues Helios la estaba abrasando
aunque ella no se dio ni cuenta ese día.
Y cuando el firmamento se veía ya naranja
y violeta,
Y cuando la brisa se hizo más fría
entre  los campos,
se acercó a un riachuelo
y se sentó un rato a descansar.
Y permaneció allí,
entre la hierba alta,
escuchando a las aguas cantar.
Y observó como la corriente también bajaba
siguiendo su mismo destino
y sintió un escalofrío
pues había algo de viento
y se entristeció un momento.
Entonces a su cabeza
vio aparecer un manto negro
de terciopelo y prendidas
miles de alfileres blancas.
Y apartó la vista del cielo
Así como del riachuelo
Se levantó pesadamente
y siguió con su camino ligera,
bajando la carretera que une
el verano y la primavera;
silbando a ratos
Como las aves que emigran
buscando el calor.
Y quién sabe cuánto más
continuará caminando.

Eso es lo que recuerdo.
Si la memoria no me falla…